A veces me gusta observar la vida desde fuera,descubrirme a mi misma y a quienes me rodean, ver todo aquello que, de una manera u otra, forma parte de lo que soy cada día y de lo que seré en el futuro, mirar el tiempo pasar a través del cristal de nuestros propios ojos, mirar desde fuera, ajenos a nosotros mismos, descubrirnos y conocernos cada día un poco más. A veces, si veo todo de esta manera puedo sentir los latidos de todo lo que gira en mi mundo. A menudo nos quejamos de lo traicionera que es la vida pero nos aferramos a ella con uñas y dientes porque necesitamos sentirnos vivos, no somos tan diferentes al resto de los animales, subsistimos como podemos, a pesar de los momentos duros queremos salir a flote para poder sentir, para poder respirar todo aquello que nos alimenta: el amor, la confianza, la gratitud, la lealtad, las ganas. La vida no es justa, hay miles de cosas que forman parte de ella que me atemorizan, que me repugnan, pero es tan fuerte el cordón umbilical que nos une a la vida como lo es, en el momento de la gestación, el que nos une a nuestra madre, primer paso para verle la cara a todo esto. La vida a veces asusta, a veces da rabia, pero otras veces es tan jodidamente maravillosa. No creo en la felicidad completa, pero si en los momentos felices que compensan todo lo demás y hacen que la vida valga la pena.


A veces me gusta observar la vida desde fuera, pero ahora es hora de cargar pilas y plantarle cara desde dentro, que es, al fin y al cabo, desde donde vale la pena vivirla.