Cuando el cachorro nació sólo era un bebé más, o al menos eso parecía. Creció, por azar, en algún pueblecito del País Vasco.

Cuando a penas tenía 14 años, al cachorro le contaron cosas del pasado, le dijeron que tenía que defender su Nación, le dijeron que el futuro de su pueblo pasaría por sus manos. Le hicieron creer en una guerra que no existe, hicieron que el cachorro creciera con odio, con sed de venganza.

Un día, el cachorro conoció a más jóvenes como él, les pusieron cócteles molotov en las manos en lugar de un balón. El cachorro empezó a jugar a un juego distinto al de los demás niños de su edad, sudaba quemando contenedores en vez de corriendo con sus amigos en el parque.

Le inculcaron al cachorro que formaba parte de algo grande, no le explicaron lo pequeño que se siente uno cuando la violencia le domina, le contaron que de mayor sería un héroe, que le recordarían todos, no le explicaron porque. El cachorro se sintió importante, no se daba cuenta que cada vez era más insignificante, que lo estaban anulando como se anula la voluntad de los débiles, que se estaba convirtiendo en una pieza más del engranaje de una maquina de odio y mentira.

Cuando al cachorro le pusieron una pistola en la mano le corrió un escalofrío por el cuerpo, pero pensó que era demasiado tarde para echarse atrás. Montó en un coche destino a ninguna parte, su cabeza no paraba de darle vueltas a todo, pero la semilla del rencor ya había germinado. El cachorro se bajó del coche a un metro de aquel hombre, levanto la pistola, disparó y vio los ojos de aquel inocente tirado en el suelo, huyó como las ratas en un barco que se hunde, descubrió que era verdad que le recordarían, pero no como a un héroe, si no como a un asesino, como a un despojo de la sociedad, como a un simple cachorro de la muerte.