Hace ya tiempo que no echo el freno, que no me tomo un respiro, mi vida los últimos meses ha sido un huracán que he intentado dominar con la ignorancia sólo propia de aquel que se cree con la capacidad de controlarlo todo. No he parado ni un segundo a contemplar la vida, y digo “la vida” no mi vida, me he centrado en querer arreglarlo todo, que nadie sufriera a mi alrededor era mi meta, me olvidé de mi misma, me relegue a segundo plano y no me di cuenta que al hacerlo perdía las riendas de mi vida, que esa meta era inalcanzable, que nada es perfecto, y en la imperfección de las cosas reside su belleza en, en ocasiones, fría y calculadora, y por momentos calida como el abrazo de una madre.

Me siento incapaz, hoy por hoy, de parar del todo. Es como si estuviera al borde de un precipicio, en equilibrio inestable, a punto de caer a veces… y en momentos más dulces y generosos, a punto de salvarme. Pararé, tarde o temprano, estoy segura, tocaré fondo o curaré mis alas, si caigo me quedará el consuelo de haber luchado hasta el final por mis principios, cogeré aire he intentaré remontar el vuelo, sin descanso, con la tenacidad que en ocasiones creí perdida, con la constancia de aquel que sabe que no hay mas salida que la vida. Si no caigo, volaré alto para no volver a caer, pero se con certeza que mi vida tomará su rumbo, desconocido en este instante para mi y el cual se me antoja incierto, pero con la firme convicción de que está escrito.

“Soplaba el viento despacio, una extraña sensación de calma invadía sus sentidos, tenía la mirada perdida y en oposición, en sus ojos se reflejaba la certeza de haberse encontrado para siempre…”